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QUIÉNES SOMOS HOY

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—Y ahora qué hago con el pinchi ataúd, el café, el pan y el hoyo del panteón si me dices que siempre no se murió— dijo Bárbara Gutiérrez a Josefina del Monte, a través de la línea telefónica en un tono fuerte y áspero.

—Es que siempre no se murió, Barbarita— contestó tímida y muy agobiada la Chepina.

—Hija de la chingada, me dijiste que gestionara entre mis amistades una caja porque se había muerto el papá de tu hermana Rebeca del Olmo y pues ni me fui a acompañarlas porque visité amigos de aquí y de allá para que velaran con dignidad al pobre muertito, que hasta tiene hora para que bajen el cuerpo y quien rece el santo rosario—.

—Perdóname Barbarita, pero es que dijeron los médicos que se moría de un momento a otro y mi hermana Rebequita de dónde va a tener dinero para sepultar a su padre, dime de dónde si apenas se mantiene ella limpiando pollos en el mercado Cienfuegos. La vi desesperada, me di cuenta que, pos sí lo quiere, aunque el cabrón la haya abandonado de niña y me dije: pues es su papá, que fue rico en sus tiempos….

—¿A poco el papá de Rebeca tuvo dinero?— preguntó Bárbara.

—Sí, mi mamá nos decía que puros ricos le hacían el amor, los chamacos luego se iban sin darle un peso, mira, pues, los apellidos, ella es Del Olmo, yo, Del Monte y el más chico es Del Toro.

—¿Y ni un pinchi peso le dieron a ninguno?— preguntó Barbarita.

—Nada, amiga, mi mamá nomás se dejaba querer y no le importaba lo demás, por eso toda su vida lavó y planchó ajeno y así nos enseñó, por eso no fuimos nunca a la escuela. Porque mi mamá se iba de… que en gloria esté y pues nosotras le sacábamos el trabajo.

—Pues mira que tu mamá resultó bien u...tita, lo bueno que ustedes son chambeadoras y decentes— dijo Barbarita.

—Eso sí, salimos decentes, pero bien pendejas, porque nuestros maridos nos pegan y ahí seguimos, porque no queremos que cada hijo tenga su padre como lo hizo Laura, nuestra madre— afirmó la Chepina como también le decían en su barrio, Tierra blanca.

—Bueno… bueno, no se murió el viejo jodido y ¿qué tiene a propósito?— preguntó Bárbara Gutiérrez.

—Tenía hinchados los huevos y pensaron que ya nada le servía… mi hermana me miró y yo dije: ya se lo cargó la chingada a este pobre ricachón… por eso te hablé manita, de veras, yo creí que se petateaba el viejo y nada…

—Pues sí pero me dijiste se muriooooooo y pues ahora dime que jijos hago con el cajón, el hoyo, el café y el montón de panes.

—Pues el pan y el café me los llevo pa mi casa— dijo la Chepina

—Fíjate que no señorita, ahora mismo vamos a buscar a otro pinchi muerto pobre para darle todo el paquete porque si les digo que no hay muerto, nunca más me vuelven a ayudar. —eso si contestó Antonia.

Después de colgar la llamada Bárbara se puso a buscar muertitos en los hospitales. Llegó al seguro social y le preguntó a la recepcionista cuántos cadáveres había en ese momento y la trabajadora de la salud, atinó a decirle que desconocía la cifra.

—Puede preguntar cuántos muertos hay y cuál es el más pobre de todos.

La joven mujer se encaminó al cubículo del fondo, iba con la cara desencajada porque nunca nadie le había pedido un favor igual.

—Me informan que por el momento no hay decesos— dijo la enfermera.

—¿Estás segura?— preguntó con un alargado interrogante.

—Eso me dicen en trabajo social

Barbarita, como le decían muchas de las amistades, salió iracunda del hospital más grande de Puerto Encendido. Sin embargo, le quedaban nosocomios por visitar. Subió a su auto y se dirigió al segundo más importante. Llegó, saludó y le dijo al de seguridad que le daba una gratificación si le investigaba cuantos muertos había y cuál era el más pobrecito. El policía la miró extrañado, tomó el dinero y se encaminó al interior. Regresa y le dice que, gracias a Dios, nadie se ha muerto de nada en los últimos ocho días, entonces le recomienda visitar los otros dos hospitalitos, donde mueren viejitos cada veinticuatro horas y que muchas veces van a la fosa común porque la gente no tiene para enterrarlos como cristianos.


​Barbarita estaba rabiosa y se preguntaba: ¿Cómo podría hacerle para que el paquete del muerto llegara a alguien pobre y que quisieran tener un funeral con dignidad?


—¿De dónde jijo de la fregada, agarro un muertito pobre?— se decía para sus adentros. En eso recordó que conocía a algunos zopilotes de la funeraria de Don Jovito, el jorobado de la 501.

Hizo una parada bruscamente. Primero le habló a Javier el Vichi y le preguntó si sabía de algún muertito o de alguien que estuviera estirando la pata.

—No, mi Barbie, estoy incapacitado y ahora no tengo ese dato, pero márcale al Zincho, ese siempre nos acapara a los muertitos.

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—Oye, Zincho, soy la Barbie, ¿cómo estás?, sólo te marco para saber si hay algún muertito pobre por ahí.

—¿Ya eres zopilota también?— preguntó el viejo amigo de su infancia.

—¡NO!, ¿qué te pasa?, es que conseguí un paquete funeral para un muerto que no se murió y pues quiero regalarlo

—Pues hazme ese regalo y nos dividimos la lana, jefa.

—Nooooo, esto es algo serio y la verdad de buena fe me lo dieron y quiero que tenga ese destino con alguien que no tenga dinero.

—Se dirigió al tercer hospitalito. En este centro de salud decidió jugársela y en un descuido del personal de seguridad se metió como Juan por su casa. Se fue hasta terapia intensiva y directamente les dijo a las enfermeras que tenía en su poder un paquete funeral que quería donar al muerto más pobre del momento.

—No pues afortunadamente ahorita no hay ningún grave, están estables y creemos que la van a librar, pero puedes dejarnos tus datos y el primero que caiga pues les ahorramos el gasto a los dolientes— dijo la enfermera más platicadora del turno vespertino.

—Puedes dejar el equipo en la morgue, allá en el sótano y ya no echas vueltas de okis— dijo a tono de broma la de intendencia.

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Bárbara Gutiérrez salió de ahí echando chispas porque las conocedoras de la salud se habían burlado de su cometido. Subió a su auto y decidió llamar a Antonia para preguntar si el papá de su media hermana seguía vivo.

—Ay, manita, ya estamos en su casa tomando atole de pinole con gorditas.

—¿Y ahora qué chingados hago? yo creo que esta pinchi noche nadie va a morir… ¡Ah! todavía me queda el hospital de la sierrita encerrada. Puta madre está muy lejos y ya es muy tarde.

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Aceleró a noventa y al llegar al estacionamiento el cuidador de autos le dijo que había varios que se iban a petatear esa noche. Bárbara disfrutó la noticia, tragó saliva y le dolió la conciencia por la emoción que le causó saber que ahí dejaría el paquete para el muertito.

“Diosito si decides que alguien muera pues que sea pobre” pensó, y se sintió tan mal que se prometió ir al sitio de la confesión en la iglesia de su barrio. Al acercarse a la ventanilla sintió un gusto enorme ver a Lolita su amiga de la preparatoria, allá en el meritito Navojoa, Sonora.

—¿Lolita, cómo estás? Te veo igualita, el tiempo no pasa por ti, ¿pues como le haces?— expresó la Barbarita con gran emoción.

En eso la trabajadora levantó la cabeza, sonrió y le dijo —Entra y aquí platicamos— Ambas se abrazaron, se pusieron al corriente de sus vidas y de sus proyectos personales.

—Estás enferma— dijo Lolita.

—Noooo, la verdad amiga, tú me vas a ayudar a meter a un pinchi muerto pobre en la caja que conseguí y no quiero regresar, porque no van a creerme que el muerto que la iba a usar, pues nunca se murió… Te platico: gestioné el apoyo para el papá muerto de una gran amiga pobre y cuando hablo para decirles que ya está todo… pues, ¡el muerto no murió! ¿Cómo la ves? Y ahora quiero meter un muerto pobre en la caja para que lo velen, tomen café con pan, también recen y se lo lleven al hoyo y todo gratis. ¿Me ayudas?

—Sí hay enfermos muy graves y muy pobres, deja ver si no han llegado primero que los zopilotes— dijo la Lolita.

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Amiga ya está agonizando el señor Lenguado y su hija que está desmemoriada no sabe qué hacer cuando se muera su padre. Ya le dije que no se preocupe por nada, que llegó un ángel del cielo a responder por todo.

—Uta madre ya encontré al muerto pobre, gracias a Dios— dijo.

Todos los derechohabientes voltearon a mirarle el rostro, sólo atinó a decir: gracias a Dios, que este señor que Dios recogió, su familia no va a gastar en nada porque le acabo de regalar un paquete funerario… peló los ojos… un silencio total, sepulcral…

—¿Pudiera conseguir otro paquete para mi casi difuntito que no creo pase la noche?— dijo una afligida ancianita.

—¡Claro que sí! deme sus datos y mañana le traigo la caja de muerto, las galletas, el café, la rezadora y el hoyo del panteón. Apuntó sin resuello la tremenda Barbarita.

CUENTO

LA ZOPILOTA (Quiero un muertito pobre)

Por MARTHA MENDIVIL

Guadalajara, Jalilsco; 8 de mayo de 2020

MARTHA  EVELIA MENDIVIL DOMÍNGUEZ 

(Huatabampo Sonora)
Profesora jubilada por la UAS. Pasante de doctorado en Educación Humanista.
Ha trabajado en Comunicación Social para gobiernos locales, diputados federales y algunos candidatos a diputados y senadores por Sinaloa.