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QUIÉNES SOMOS HOY

PROMOVIENDO EL ARTE, LA CULTURA Y EL ANÁLISIS

LLAMADA DESDE NY

Por ERNESTO HERNÁNDEZ NORZAGARAY

QUIÉNES SOMOS HOY

Guadalajara, Jalisco; 7 de septiembre de 2020


PARTE 1
La semana pasada recibí una llamada inesperada de un sobreviviente de la guerra sucia de los setenta que me dice que se autoexilio en la Unión América. Se trata de RCZ, un joven mochitense que fue vecino y compañero de escuela, y que desde muy joven se integró a la “lucha revolucionaria” primero en el “movimiento enfermo” que se incubó en la UAS con las tesis de la “Universidad fábrica” y más tarde, en diversas organizaciones revolucionarias clandestinas. Yo no sabía de él desde aquellos años sobre ideologizados que costaron la vida de cientos, quizá miles de jóvenes, que estaban influidos por la Revolución Cubana y la figura icónica del Che Guevara.

Me dio gusto la llamada y después de los saludos de rigor, me hizo un pedido que escribiera sobre los jóvenes del norte sinaloense que desde entonces están desaparecidos. No acostumbro a escribir por encargo me parece que en el periodismo de opinión cada uno debe escoger, pero cierto nadie recuerda ya a estos muchachos. Me hizo llegar las fotos de Gilberto, Joel, Edmundo, Marco Vinicio, José Manuel, Juan de Dios, Cristina e Ignacio, revise con atención estos rostros en la flor de la juventud. Ninguno de ellos tenía más de 18 años cómo lo muestran sus rostros serios con tres pelos de barba, bigote ralo, ropa sencilla y, vamos a decir con Benedetti, con mirada que siembra futuro.

 Todos ellos habían sucumbido ante la retórica de la revolución. No había manera que tuvieran éxito frente al Ejército o los torturadores de la Dirección Federal de Seguridad. Algunos probablemente cayeron cuando distribuían propaganda en los campos agrícolas haciendo una pinta en algún muro de una agroindustria en el Valle del Fuerte que en ese entonces era un delito grave. No tenían edad para entender la complejidad de una revolución y su visión agitada seguramente era binaria siguiendo el manual de pobres y ricos, explotados y explotadores.

Cierto hoy el número de desapariciones es el pan de cada día y no se necesita aparentemente ninguna razón para que suceda en cualquier tarde y esquina. Estamos hablando de cientos de jóvenes que son arrebatados de sus familias y de los cuáles no se vuelve a saber de ellos, qué se vuelven un número en una estadística. Dejando rotas y en medio del dolor a familias enteras. Lo grave es que frecuentemente estos jóvenes son levantados y asesinados por otros jóvenes.

Así que es válido recordar aquellos jóvenes desaparecidos en los setenta. Fueron semilla fértil de lo que vendría en las décadas siguientes. Nunca debieron desaparecer. Hoy seguramente varios de ellos serían profesionistas, tendrían familias y harían política a través del sistema de partidos u organizaciones ciudadanas, algunos de ellos quizá estarían en la prensa o habrían cultivado un arte o serían académicos. Pero, no fue así, aquellos jóvenes fueron capturados por la utopía redentora, liberadora, socialista. Habían decidido hacer la revolución acompañando con armas las luchas de campesinos, obreros, colonos.

Una iniciativa que desató la furia del gobierno de Luis Echeverría y José López Portillo y con esa rabia se formó la Brigada Blanca que recorría el territorio estatal buscando detenerlos y muchos de ellos, sobre todo los que habían participado en actos de sangre, simplemente cuando eran capturados se les desaparecía ya sea arrojando sus cuerpos vivos al mar o socavones, lo menos un tiro que se justificaba con la frase “caído en un enfrentamiento”. Héctor Aguilar Camín da cuenta de ello en su novela histórica: La Guerra de Galio, que seguramente contó con información clasificada de los sótanos de la Secretaria de Gobernación.

Luego vendrían otros textos, pero hay uno testimonial, muy importante para Sinaloa, de lo que ocurrió en esos años en Sinaloa. Escrito por Gustavo Sánchez Hirales, fundador y dirigente de la Liga Comunista 23 de septiembre que vivió en la clandestinidad en el estado. Se trata del libro bajo un título camusiano: Memoria de la Guerra de Los Justos. Sánchez Hirales, miembro del desaparecido Grupo Los Procesos que habían roto con la Juventud Comunista del PCM y que fueron semilla de esa confluencia de rebeldes que dieron forma a la LC 23 de S. El relata con buena prosa como era la vida en la clandestinidad. Durmiendo dónde se podía, comiendo cuando había, activando en la madrugada.

Han transcurrido desde entonces 50 años. Los sobrevivientes pintan canas si no es que han muerto por enfermedades o adicciones. Es una generación de sinaloenses que creyó en la revolución cómo se la imaginara cada uno de ellos con su idealismo. Escucho la voz de RCZ y todavía tiene un toque de alegría revolucionaria. Hay entusiasmo en sus palabras. No ha perdido la fe siente que tiene un compromiso con los chamacos de su generación, los del Barrio del Piojo de Los Mochis. Quiere platicar las historias propias y ajenas. Hacer su propio ajuste de cuentas con ese pasado que le arrancó los mejores años de su vida. Lo hace con gozo con la convicción de que lucharon por algo bueno. El luminoso mundo socialista.

Hace unos años estuve en Buenos Aires y fui a visitar el Monumento a las Víctimas del Terrorismo, de la Guerra Sucia de los años setenta, un lugar del barrio de Belgrano en las afueras de la ciudad, frente al Rio de la Plata, y cerca de donde estuvo el aeropuerto militar el diseño arquitectónico es un sistema de  losas transversales, en ellas se han inscrito los nombres de los desaparecidos o peor los que fueron arrojados en los  “vuelos de la muerte”. Y, siempre me he preguntado, porque en México no tenemos un memorial que recuerde a estos y otros jóvenes que soñaron con un mundo mejor y lo que encontraron fue la muerte.

 

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​​Publicidad: quienessomoshoy2@gmail.com       Silvia Castillo Romero ©  Todos los derechos reservados.



ERNESTO HERNÁNDEZ NORZAGARAY

Es Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor-Investigador de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Ex Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad Mexicana de Estudios Electorales A. C. 2007-2010, ex miembro del Consejo Directivo de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política (Alacip) y del Consejo Directivo de la Asociación Mexicana de Ciencia Política A.C. Colaborador del diario Noroeste, Riodoce, SinEmbargo y Quiénes Somos Hoy. Ha recibido premios de periodismo. Autor de múltiples artículos y varios libros sobre temas político electorales.

PARTE 2

No me imaginé que la primera parte de este texto pudiera tener las lecturas que tuvo y sobre todo que provocara algunas reflexiones de fondo en la izquierda que vivió aquellos momentos intensos y aciagos, precisamente es lo que anima a escribir la segunda parte porque me indica que es un tema vivo, que todavía despierta incomodidades y pasiones.

Un ex preso político del 68 leyó la primera parte y escribió este texto que me parece abre un ángulo crítico sobre la reflexión de aquel pasaje de la historia de México con una tesis polémica con la cual coincido parcialmente cómo cualquier demócrata: “…pero sobre el tema que toca, hasta la fecha no comparto que el paso del tiempo que al paso del tiempo aceptemos y demos por bueno y positivo el supuesto “espíritu de sacrificio” de los jóvenes “idealistas” involucrados en la vía armada para impulsar la transformación revolucionaria del país…”

“Creo que en esos grupos participaron actores que efectivamente eran honestos e idealistas, pero demerita ese aporte el hecho más contundente de que esos grupos, TODOS ellos infiltrados y manipulados por los grupos políticos y de interés oscuros de la nación, justificaron la acción represiva brutal contra todos los actores hasta los más pacifistas de los movimientos sociales en general, ni siquiera revolucionarios sino simplemente democráticos y libertarios. Eso dificultó la lucha social, tuvo y todavía tiene un altísimo costo para la cultura del ejercicio de los derechos humanos más elementales del país…”

“Y eso lo demuestra el propio artículo pues es por eso que desde entonces no ha cesado sino aumentado las desapariciones forzadas, las masacres la violencia cruenta en general, el asesinato de periodistas y luchadores sociales, el sicariato como una actividad redituable, la criminalidad como una próspera industria nacional. ¿Será mera casualidad que en Guerrero y Sinaloa donde las guerrillas adquirieron más fuerza también el narco y los cárteles de la droga hallaron el nicho de su fortalecimiento? Y, por último, ¿por qué si quieren justicia para sus cuadros militantes desaparecidos no dan sus nombres completos? Exigir justicia requiere asumir el riesgo de dar la cara. En la lucha por la democracia y la justicia hasta la fecha opto por la vía legal y pacífica y eso requiere no usar armas ni pasamontañas”.

No comparto la idea de que las acciones de aquellos jóvenes sean responsables del quehacer de gobiernos abiertamente criminales que nunca necesitaron razones para reprimir cualquier expresión disidente. La historia es larga y previa a los movimientos armados. Menos, todavía, la suspicacia de que donde antes estuvieron estos grupos, los cárteles de la droga “hallaron el nicho de su fortalecimiento”. Pero, sin duda comparto, que cualquier lucha debe ser mostrando la cara.

Guillermo Ibarra señala por su parte “los arrobaba un espíritu tolstoiano. No son lamentablemente recordados como en Argentina, porque allá la guerra sucia fue más amplia. Aquí se fue contra los grupos armados. Muchos de ellos se declararon enemigos del resto de la izquierda de ese tiempo y que hoy están en el poder. No los ven como sus precursores. No son sus decembristas (como en Rusia)”. No, no son recordados, porque a diferencia de Argentina en México, el movimiento social y político que gira alrededor de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo nunca ha abandonado el tema y esto tuvo sus consecuencias judiciales especialmente durante los gobiernos de los Kirchner.

Por su parte, el hombre de la llamada desde NY, RCZ, me hace una llegar una serie de documentos históricos en formato electrónico que dan cuenta esa épica de los años setenta y todavía a principios de los ochenta, del balance interno que están haciendo todavía algunos de los sobrevivientes de la llamada “guerra sucia”. En las antípodas del primer texto.

La larga discusión en torno a las vías para alcanzar un país menos desigual, más justo, donde los primeros con una visión más socialdemócrata han apostado correctamente por la vía de las instituciones democráticas que felizmente ha permitido que hoy una franja de esa izquierda este en el poder.

La otra perspectiva en una línea más vanguardista, menos institucionalista, persiste bajo nuevos ropajes políticos y se manifiestan a través de movimientos sociales que levantan hoy banderas diversas y en algunos momentos, en abierta confrontación con el gobierno establecido.

Quizá, en sus análisis de clase, lo ven cómo un gobierno de transición, que tarde que temprano tendrá el resultado esperado: El establecimiento del socialismo en nuestro país. Un país, en su ideario político, a imagen y semejanza de su visión de los trabajadores, obreros, indígenas, campesinos.  

La mala noticia es que la vía democrática está amenazada si no se fortalecen sus instituciones, y peor si se desmantelan las existentes en aras de un capricho purificador, lo que significaría un retroceso desde las instituciones con todas sus imperfecciones y desviaciones, hacia el gobierno de una sola idea, de un solo hombre.

Quizá, en la esfera de enfrente, de las organizaciones antisistema que pululan en distintas regiones del país, estén viendo como una oportunidad para sus propios fines, para radicalizar sus propias acciones.

En definitiva, la discusión sobre el pasado nunca estará agotada mientras no se traduzca en una discusión sobre el presente, eso es lo que verdaderamente le da sentido y en perspectiva de justicia el reconocimiento a los muertos que desde distintas trincheras buscaron un México mejor, más justo, más incluyente.

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