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¿Por qué no se lanzó el abuelo?

CUENTO

Por Noé Jáuregui García

​​​¿POR QUÉ NO SE LANZÓ EL ABUELO?
CUENTO DE NOÉ JÁUREGUI GARCÍA
DEL LIBRO: PARA DESPUÉS DE COMER
EDITORIAL AMATE (2009)
GUADALAJARA, JALISCO, MÉXICO.


GUADALAJARA, JALISCO; 31 de marzo de 2020. QUIÉNES SOMOS HOY.- Otro  día ha comenzado, salgo a la calle y al mirar esta silla de ruedas... recuerdo  que de niño  también  jugaba en ella junto con mis primos imaginando que teníamos en nuestro  poder  un  vehículo  motorizado  que  nos  llevaba a horizontes lejanos, a nuevos universos, sin tener que caminar, estar sentados y poder moverse de lugar. Sentíamos que la dominábamos con la fuerza del run run de nuestras bocas y con las cuales acelerábamos la velocidad al hacer mayor las vibraciones. Con  un  solo impulso  de nuestros brazos recorríamos la distancia de un mundo  a otro, nada ni nadie podía competir con nosotros, llenaba de ilusiones y proyectos nuestro mundo de fantasías, haciéndonos sentir que teníamos el poder de dominarla y guiarla hacia cualquier dirección, con los motores que nosotros le imponíamos: un par de turbinas, polvos de luz, alas de águila o alas gigantescas de colibrí. Sin importar el camino; nubes, montes, rayos de luz... no había nada que pudiera detener nuestro paso. Y después de aquellos viajes llegábamos a casa, si es que antes no nos llamaban, y guardábamos nuestra obediente nave.

Al transcurso del tiempo la silla fue siendo relegada, aunque esto es impreciso, más bien... de manera extraña parecía que se ocultaba, tenía un parecido a esas arañas que construyen un estilo de casa con lo que hay a su alrededor, donde  pacientes esperan. Así, un  día se perdió  entre  los juguetes, las herramientas y demás cosas, que en su momento nos habían dado beneficios. El polvo fue cubriendo todo aquello con la intención de enterrar pronto ese algo, ocultar de la vista una desagradable realidad, realidad que traiciona todo, nuestra mente, nuestras esperanzas y nuestros sueños.

Transcurrido  un tiempo, de joven, traté de vender aquellas cosas, pues para mí esa montaña de objetos era un tesoro que se estaba desperdiciando,  oculto  en la bodega, entre anaqueles y cajas amontonadas vivía yo la experiencia de adentrar en algo que sorprendía, ver lámparas de gas y otras de petróleo, figuras de porcelana, nacimientos  artesanales, figuras de bronce,  frascos de tinta  para pluma  fuente  (o tinta india), plumas fuente, cajitas con monedas de distintos países, monedas de oro y plata, cubiertos para cocina, la silla de ruedas, atlas enciclopédicos, jarrones chinos y japoneses, figuras de marfil filipino, atriles de caoba, sillas hechas por artísticos ebanistas, copas de cristal cortado, cajas de vino de distintas regiones: Francia, España, Italia, Alemania, México, Chile... Otras cajas con licores, relojes de pulso con doble máquina, unos con cristal en cuarzo, otros de bolsillo, uno de éstos era de 24 horas, de 21 joyas, de uña, máquina grande y de oro (que todavía utilizo), canuteros... y así podría continuar la lista; en este tesoro en el que me llegué a hallar, nunca descubrí ese objeto con la connotación de maldito.

Pienso que al abuelo llegué a conocerlo poco, había sido hombre  de su tiempo,  lleno de aspiraciones y proyectos; en su casa un muro  de recuerdos lleno de las fotos de sus parientes y descendientes, su árbol genealógico, además de otras cosas deseables. Fue un hombre forjado en el sol y las sombras, en su país y en el extranjero.

Sin embargo, había en él ese algo que daba la sensación de subir  a un tren  que  va en  sentido  contrario  al deseo propio, sólo por el hecho de que para el otro sentido no hay tren, y te subes junto con todos los demás, al extraño viaje de ir a donde no deseas. Este sentir lo llegué a percibir, por lo remiso que era para entrar a la bodega, y cuando lo hacía siempre lanzaba una mirada de reojo, una mirada temerosa, rápida, de animal pequeño que se siente acosado, acorralado por alguien superior en todo; velocidad, astucia, paciencia y quizá, eso sobre todo, paciencia.

​Así, una vez, lo sorprendí  contemplando  la pila de objetos; como quien es forzado más allá de sus fuerzas, un ver que rebasaba las fronteras del tiempo y del espacio, un ver que hacía sentir la síntesis de una existencia, ajeno a las demás cosas que lo rodeaban. Su vista estuvo fija en donde ocultó el tal objeto, lo arrastraba a límites fuera de su humana capacidad; la inteligencia vencida en lo incomprensible, sus ya limitados  sentidos  embotados  ante  la inmensidad,  sus fuerzas frustradas de impotencia y una esperanza estéril.

NOÉ JÁUREGUI GARCÍA. Originario de Guadalajara, Jalisco (1971). Escritor, filósofo, músico e internacionalista, Noé se formó en el Seminario y en la Universidad de Guadalajara donde cursó la licenciatura en Estudios Internacionales. Se ha dedicado también a la docencia universitaria, a la investigación académica y actualmente se desempeña en el servicio público. Entre sus intereses se encuentran la lectura, el análisis, la creación literaria y las técnicas de supervivencia. Es autor del libro de cuentos "Para después de comer" (editorial Amate) y la novela "El Campanario" (editada por el Gobierno del Estado de Jalisco)

Desde ese momento  descubrí que aquello más que un montón de cosas arrumbadas, era un conjunto de guardianes monolíticos;  cuidaban algo que mi abuelo no deseaba, así que decidí no volver a la bodega.

Al paso de los años vi cómo ese hombre, fuerte en todo, se debilitaba. Sus ojos perdían el brillo y el fuego, cubriéndose de un pequeño manto blanco; sus piernas se petrificaban, su piel resistente y acrisolada dejaba de serlo, para transformarse en una piel áspera, labrada parte por parte, como escamas incrustadas.


Y un día triunfó la paciencia cruel de lo inevitable, e hizo que mi abuelo cayera en la silla de esa oculta fatalidad. No sé expresar en qué momento sucedió, fue como cuando se llena un vaso gota a gota, que sin notarlo va subiendo de nivel hasta llegar a un punto donde una sola gota derrama el vaso, y te sorprende;  por más que uno se prepare, te sorprende, no hay manera de anticiparse siempre te sorprende. La silla estuvo esperando, al acecho, cual depredador, esperando que se manifestara la pequeña fisura que es clara muestra de un desmoronamiento.

 Al verlo sentado en la silla de ruedas, vi también aquel mueble que estaba limpio, brillante, como en los días en que jugaba con ella, relucía intacta y triunfante. Él me miró, era una mirada que pedía libertad al preso, clemencia a alguien tan impotente como él. Entendí aquella forma de expresión y sentí en mi ser aquella dura verdad: la presa se encontraba en las fauces.

El viejo, después de eso, se siguió consumiendo.  Su pensamiento  se perdía en el horizonte  de la nostalgia y el recuerdo,  en una meta después de los sentidos y la razón, donde sólo llega la intuición y la fantasía que sólo confunden y dejan en el desconcierto, una frontera donde lo que no se dobla se quiebra. Es un lanzarse sin nada, un desnudarse de todo o aferrarse y morir sentado.

Hubo días en que se quedaba frente a la ventana viendo un universo que sólo él era capaz de apreciar y en realidad el único que le estaba permitido ver. Contemplaba el paso de la gente, de los animales y de los días, su mente se autoengañaba creyendo  tener  la respuesta  de  todo;  pero,  cuando  tenía que ser movido o se intentaba levantar olvidando dónde se encontraba, descubría la realidad tan absurdamente firme y tan absurdamente  inconsistente...  Así, más de alguna vez, sus ojos se llenaron de lágrimas que salían derramando una vida, sangre que de alguna manera tenía que salir.

Descubrí cuán cruel y vil era la silla: primero lo llenó de esperanzas, de alas de libertad e infinito, y después lo atenazó, lo fijó en su lecho enraizándolo. Fue aniquilando lenta y pacientemente, despacio, haciendo del dolor y de la angustia un deleite, disfrutando su trabajo, como si probara el éxtasis, el clímax de un proyecto de fatalidad; como si su fruto, en lugar de dar vida, fuera consumirla. Era claro que hacía sentir el deseo de no haber existido; mas, esto sólo era un anhelo que provocaba esta ilusión. ¿Por qué este extraño enemigo no llenaba su maldad con la grandeza de este hombre?. ¿Por qué lo poseía?. ¿Por qué lo ataba, por qué, por qué...?.

En aquella sede, él había sido un  trofeo dado a aquel objeto, el cual lo exhibía como el triunfo sobre la esperanza, la  dignidad,  burlándose   de  la  ingenua   soberbia  y  del absurdo orgullo. Había sido una ave indefensa en una mano inclemente que había empezado a presionar, comprimiendo el aliento, mezclando el insignificante odio con la sangre. Mi abuelo había sido vencido y en él, el hombre;  y en el hombre, yo.

Fue consumido  como vela encendida en aquel “candelabro” que gozaba de aquel brillo, manifestación de lo irreversible.

Un  día toda  vela encendida  se apaga y produce  una pequeña   nube   que  sube  anunciando   el  fin.  Sólo  una diminuta  e insignificante hebra de humo  después de tanta luz.  El  abuelo  quedó  inclinado,  franqueando  la  barrera donde los hombres nos quedamos presos. Busqué el brillo en sus ojos; estaban apagados, su rostro no expresaba nada, busqué en su faz una última expresión; sin embargo, aquel instrumento  nuevamente se burlaba, hizo de aquel hombre algo inexpresivo. Al levantar los restos, no puede haber otro término, parecía que movíamos una imagen o espectro. No lloré su muerte, pues creo que fue lo mejor. Más de alguna vez pensé en liberarlo, ¿Por qué no lo hice?.

La silla en un rincón observó callada y silenciosa nuestro ingenuo ritual, vio a los presentes que lloraban, rezaban o hablaban, y ella donde se encontraba estuvo con los brazos abiertos, esperándonos.

... Otro día ha comenzado, salgo a la calle y al mirar esta silla de ruedas, veo a los niños jugando con ella, tienen en sus ojos el brillo que alguna vez tuve.

Me  siento  en  la banqueta  y después  de  recordar  lo anterior me pregunto: ¿Por qué el abuelo no se lanzó ni se desnudó?. ¿Por qué se aferró y prefirió morir sentado?.

Y así descubro que esta silla no es un aborto, sino una hija predilecta de la vida, que de antemano  ha ganado, sin importar lo que yo haga.

Enciendo un cigarro y lo empiezo a disfrutar, pues siempre hay una posibilidad de que sea el último.

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