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​“Yo la vi, ama créeme, era ella, la seguí y caminó recio y se me perdió entre la gente y los retazos de colores, pero era ella, hasta puedo asegurar que me reconoció… amá ¿por qué no se detuvo?, ¿por qué no corrió a mi encuentro?, ¿por qué si éramos amigas? Si ella me dice que no diga, no diré… Beatriz guardó silencio ante el silencio de su madre, recuerda que bajó la cabeza y se sintió cansada, enojada… por muchos años recordó la imagen huyendo de esa mujer tan parecida a Tulia y por mucho tiempo aseguró que la había visto, pero nadie le hizo caso.

Pasaron los años y en algunas noches de luna llena, cuando todo estaba iluminado, recuerda que atinaba a tocar el tema con su madre y ya menos arisca, le decía:

Sabes, mijita, sólo Dios sabe que habrá vivido Tulia. De seguro algo muy malo y fuerte le hicieron para que haya huido para siempre…
Te aseguro, amá, que su papá le hizo un daño muy grande, sólo así se puede explicar que se fuera para siempre. Amá, ¿alguna vez la volveremos a ver? Sueño con ese día.
Ya vamos a dormir, es muy noche Beatriz —le dijo su madre, en aquel patio trasero que todavía se conserva en la casa grande que ahora engulle a su padre, ya viudo.

Cuenta Beatriz que después de muchos años, cuando terminó sus estudios profesionales y tenía en brazos a su primer hijo, recibió una llamada del sur del país. La voz era de una mujer que aseguraba ser Tulia Quevedo; al escuchar el nombre completo de su mejor amiga, se quedó sin habla, perpleja no sabía qué decir ante un momento que había deseado durante gran parte de su vida: “Beatriz soy Tulia, ¿cómo estás?, tu mamá me dio el número de tu casa”. Quería hacer mil preguntas, pero sólo atinó a decir: “Bien… ¿eres tú, de verdad?, ¿dónde estás? ¿Cómo te ha ido en tu vida?”. Mientras pausadamente contestaba a sus preguntas, Beatriz recuerda que no la reconoció a pesar de sentir el gusto de saberla viva después de tanto tiempo. No le reclamó que se perdiera por años, a pesar de que siempre imaginó como sería ese encuentro y qué le diría. Tan sólo intercambiaron datos, lugares, pequeños bosquejos de vida. Después Beatriz se lamentó no haber preguntado qué le paso y el no saber qué hacer. Se lamentó su falta de sabiduría para apapacharla a través del auricular.

“Otra vez se perdió, otra vez”, le decía a su madre, quien le contó que había ido a su casa y no fue bien tratada por la familia, por lo que tuvo que volver a alejarse, pero ahora sí había comunicación con sus padres y hermanos.

“Esto me lo dijo mi madre antes de irse de este plano existencial. Luego a vuelta de muchos años, Tulia, quien ya vivía en otro país, me reiteró que cuando volvió al polvoriento Susurro no había podido entablar una buena comunicación con los integrantes de la familia. Me dijo que ya era viuda, que tenía dos hijos y una nieta y que su marido había sido el mejor esposo que Dios pudo darle”. Dice Beatriz que la tecnología le permitió aceptar la solicitud de reencuentro con Tulia, su amiga de antaño, con quien ha podido dialogar, conocer y comprender su historia de vida, los abusos sufridos.

Una noche Tulia le marcó a Beatriz y ahí abrió su corazón: “Me sentía muy mal, mi padre me golpeaba mucho y me tocaba. Yo sabía que no era correcto, pero era mi padre quien me tocaba, nunca llegó a más, yo no quería… tenía miedo y poco a poco fui armando la posibilidad de irme de esa casa, de ese pueblo que me vio nacer”. Dijo también que fue fraguando la estrategia de la huida, después de tantos golpes físicos y emocionales. Aseguró tener miedo de todo lo que pudiera suceder. Se sintió aterrada, acorralada y que lo único que podía hacer era escapar. Comentó que era menor de edad y que quizá nunca le creerían el acoso constante del que era objeto por su progenitor.

Beatriz recuerda que esa noche que Tulia abrió su corazón a vuelta de muchos años de su amarga experiencia, su amiga fluidamente le contó cómo su padre la tocaba durante las noches y la golpeaba durante día, bajo el rostro silencioso de su madre.  Tulia me contó que en su huida conoció gente buena que le ayudó a llegar hasta el sur del país, donde afortunadamente conoció a quien hoy la dejó viuda y con dos hermosos hijos adultos, en un país diferente, con un idioma distinto, donde han tenido la oportunidad de crecer y de trabajar para el bien de la nieta, sembrando fuertes lazos de comunicación y hermosos valores centrados en el respeto.

El sentido de compartir la historia de Tulia tiene que ver con el sentido del compromiso que aquella joven Beatriz no supo darle en su tiempo, no supo detenerla, porque nunca se dio cuenta que había golpes más fuertes que los que padecía por la brutalidad de aquella manguera de plástico de color verde, que su padre usaba para lastimarle físicamente sus piernas.

Asegura Beatriz que en la madeja de los recuerdos están los momentos que compartieron en las aulas de la secundaria, en el verde pasto de aquella vieja hacienda o de los encuentros vividos en su casa paterna, cuando la consola tocaba las estrofas de Camilo Sexto, Napoleón o del clásico grupo de los Yonics. Todavía recuerda aquellos momentos felices… y ahora que ambas son adultas, sacan estas imágenes del baúl de los recuerdos.

— Tulia, he escrito algo sobre tu vida… tu huida, tu destierro… he cambiado nombres… sitios… personajes… tú dime si la publico.

— Beatriz, —dijo Tulia— adelante con ella, si mi historia de vida puede ayudar a otras personas que estén viviendo esta amarga experiencia, adelante. Que sepan que yo me encontré con gente muy valiosa que me ayudó a salir adelante, pero también sepan que hay gente muy mala y que nos exponemos ante peligros. Yo hice las cosas bien, porque a pesar de lo que viví, siempre he tenido grandes valores y hoy los comparto con mis dos hijos y con mi nieta, a quienes amo y respeto infinitamente.

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Promoviendo el arte, la cultura y el análisis

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SEMBLANZA

LO ÚNICO QUE QUERÍA ERA HUIR DE MI PADRE

POR MARTHA MENDIVIL

3 de febrero de 2020

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MARTHA  EVELIA MENDIVIL DOMÍNGUEZ 

(Huatabampo Sonora)
Profesora jubilada por la UAS. Pasante de doctorado en Educación Humanista.
Ha trabajado en Comunicación Social para gobiernos locales, diputados federales y algunos candidatos a diputados y senadores por Sinaloa.

Eran más de las doce de la noche cuando fuertes toquidos golpearon la puerta de la calle Sosa Moreno 52 del viejo pueblo polvoriento forjador de personajes ilustres de la historia de México, cuando Beatriz Quevedo despertó sobresaltada de su pequeña cama al escuchar el fuerte golpeteo que venía del exterior de la casa. Tuvo mucho miedo y corrió por el largo pasillo hasta llegar a la recámara de sus padres para avisarles que alguien estaba tocando muy fuerte.

Cuando el padre de familia abrió la puerta, un señor robusto, moreno, con cabello muy poblado en canas, fue directo a la joven Beatriz para preguntarle por su hija, dando por hecho que ella sabía el paradero de su muchacha y en ese momento al ver la furia del recién llegado, el papá de Beatriz le reitera desconocer el destino de Tulia, su hija.

Los dos padres de familia comenzaron a conversar sobre el tema de la desaparición de Tulia, el padre de Beatriz le recomendaba buscarla con más amigas, familiares, vecinos e incluso con la policía; como respuesta dijo que sólo faltaba este último lugar. Se despidió no sin antes pedir ser informado sobre cualquier cosa que supieran, sin dejar de mirar de una manera acusatoria, a la amiga de su hija.

Desde esa noche y las venideras, Beatriz se preguntó lo que pudo haber pasado para que su mejor amiga desapareciera sin decirle nada y sin dejar rastro. Muchas veces pidió una señal al cielo y se dio a la tarea de mirar con detenimiento el rostro de la gente por doquier. A poco tiempo de su desaparición su madre aseguró haberla visto en un municipio vecino, la siguió por algunas calles y la perdió de vista entre la muchedumbre en un día muy caluroso.

La desaparición de Tulia fue noticia local y estatal, alrededor surgieron distintas historias, comentarios, suposiciones, hasta que el tiempo se encargó de ahuyentar toda sombra de esa hermosa chica que gustaba de platicar y hacer proyectos a futuro, en aquellos prados tan verdes de aquella hacienda, muy cerca de su hogar y hasta donde, una vez llegó su padre a darle de golpes con una manguera de plástico que usaba su madre para regar las rosas rojas del pequeño jardín que adornaba el frente de una gran casa sin concluir. “Todavía la recuerdo”, dijo Beatriz.

Desde aquel momento en que vio el rostro agresivo del padre de su amiga, Beatriz recuerda que en su corazón se anidó el sentimiento de coraje y resentimiento hacia el señor que había tocado desesperadamente la puerta de su casa paterna.   Mucho tiempo lo juzgó como el responsable de la desaparición de su amiga, a la que le lloró y extrañó por muchos años; y más, cuando contemplaba una foto de la secundaria y otra de una fiesta de cumpleaños, en la cual Tulia se parecía a una artista muy famosa del cine mexicano.

Beatriz aseguraba que algo muy malo le había hecho su padre a Tulia y cuando lo decía en voz alta, su madre la reprendía: “No juzgues, porque si algo pasó, allá está Dios, quien se encargará de repartir culpas”. En aquel tiempo, Beatriz carecía de experiencia para comprender o respetar que su amiga se hubiera ido sin decirle nada, por lo que surgió un gran rencor que no desapareció. Durante un tiempo decía al aire: “¿Por qué no me tuvo confianza?, yo la hubiera podido ayudar, hasta la hubiera escondido”, se decía. Y la extrañó por muchos años. Recuerda también que a distintas horas pasaba por su casa, frente al enorme canal que se iluminaba con las luces de la vieja hacienda bañada de historias por sus grandes producciones de algodón.

­— Yo creo que su papá le hizo otro daño porque la celaba como mujer… ella me decía que en los bailes de las comunidades del Susurro, mientras su madre cargaba a los hermanos menores en brazos, ella tenía que bailar con su padre y no con los jóvenes que ahí se encontraban.

— Otra vez estás hablando de más— gritó muy fuerte su madre.

Cuenta Beatriz: “Todavía recuerdo que me dio un gran regaño”.


Hoy es una persona mayor, que en dos ocasiones pudo asegurar haberla visto en un municipio muy cercano a los Susurros. En una de ellas la siguió varias cuadras, recuerda que apresuró el paso porque la perseguida aceleró el suyo hasta que se le perdió en el centro, entre la gente y los retazos de colores que ahí se ofrecían a los paseantes.