QUIÉNES SOMOS HOY

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Zapopan, Jalisco, México


Guadalajara, Jalisco; 20 enero de 2018 (QUIÉNES SOMOS HOY)

​A casi todo el mundo le inquieta el silencio. No sabemos estar con nosotros mismos. Si no estamos conectados a internet, estamos viendo televisión, escuchando música, o parloteando sin parar. Existe algo de angustiante. Cuando todo queda en silencio, pareciera que no existe nadie del otro lado para responderme, nadie es NADIE. Todas mis necesidades quedan en mí, son sólo mías y de pronto es posible que tome conciencia de que sólo yo puedo satisfacerlas. 

En el ideal de autosuficiencia impregnado en los discursos publicitarios y propagandísticos, que hemos aceptado o hemos generado como sociedad, se valora en exceso la independencia, incluso, la capacidad de estar solo (el sistema económico necesita individuos resistentes, funcionales y productivos) pero casi nunca se habla del silencio.

Parecería que no existe. Parecería que al asumir su existencia y necesidad, quedamos a expensas de la voz interior (esa sí, nunca calla), y en muchas ocasiones puede no ser agradable cuando se hace escuchar.

Cuando hablo del silencio no me refiero a la ausencia de sonido, solamente. Existe el que surge después de enviar un mensaje instantáneo en una red social (Facebook, Twitter, WhatsApp, etc.)

Si somos aprehensivos, o no se han establecido los códigos de comunicación, los minutos previos a la respuesta pueden ser tortuosos, pero...

¿Por qué no cambiar el enfoque?

Ante la incertidumbre o la duda, tenemos la tendencia a imaginar el peor panorama posible, a atribuir actitudes sin fundamento alguno, y así saboteamos nuestras propias posibilidades.

Así como para apreciar la vida, disfrutarla con pasión, agradecer cada momento y hacer que valga, es necesario haber estado muy cerca de perderla (en algún sentido);  también para disfrutar verdaderamente de la música, de los sonidos de la naturaleza, incluso de la cotidianidad y ser capaz de imaginar un concierto en el escenario de asfalto, es necesario ser capaz de cohabitar consigo mismo, aproximarse a la conciencia desde la quietud, sin interferencias, sin el filtro de la percepción del otro, del mensaje del otro, del decir del otro, de la condescendencia del otro.


Entonces podremos reconocer la bondad, encontrar soluciones, disfrutar más de los sabores, descubrir nuevos colores en las cosas, abrirnos a nuevas experiencias… Seremos más felices.


Después de esa aproximación no volveremos a ser los mismos de antes, es probable que empecemos a vivir el día a día, a escuchar de verdad cuando alguien nos habla, a mirar el firmamento, a esperar la danza de las luciérnagas de la que hablé en un inicio… a ser luciérnaga, a ser yo con el otro, a ser nosotros, más auténticos, más cercanos, más conectados, más presentes, más aquí y más ahora.

Al experimentar y reflexionar sobre la vida, encontraremos un sinfín de analogías de las cuáles podemos aprender para potencializar nuestras vivencias:

Así como un perfume nos da un aroma en el primer contacto, en el transcurso del día desprende notas más profundas, y sólo al final de este descubrimos el nivel de fijación en nuestra piel, así sucede con lo trascendente, y lo trascendente se obtiene por haber sabido encontrar el espacio hierofánico (diría Mircea Eliade) de la existencia. Es un regalo a la espera. Pero, para saber esperar, hay que aquietarse, y para eso, entre otras cosas, sirve el silencio.


¿Cómo podremos aprender a aquietarnos, a dejar de querer todo “para ayer”? Probablemente situándonos en el aquí y el ahora. No en el pasado (puede ganarnos la partida la tristeza), no en el futuro (la ansiedad puede apoderarse de nosotros), sino en el presente, en el día a día… más aún: en este preciso momento.


También es importante considerar la empatía, o la capacidad de sintonizar con el sentimiento de la otra persona, de ponerse en su lugar. Decimos amar mucho a alguien pero no sabemos ponernos en sus zapatos, a tratar de entender que tiene su propio ritmo, sus propias necesidades, deseos, pulsiones. ¿Cómo podremos sintonizarnos con el universo del otro, si no somos capaces de aquietarnos, de estar en silencio y hacer un viaje al interior? ¿Cómo puedo hablar de empatía si desconozco mis propias emociones, necesidades, sentimientos, deseos, pulsiones? Y no hablo sólo de lo inmediato, lo visible, lo evidente; también lo oculto, todo aquello de lo que no soy consciente, se manifiesta cotidianamente en el exterior. Es por eso que este conocimiento de uno mismo, este proceso, no está exento de dolor.


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Silvia Castillo Romero © 2017  |   Todos los derechos reservados.



Ese “ideal” tan absurdo como imposible sin un verdadero conocimiento interior, alienta otro tipo de conductas producto del conocimiento a medias: ahora está de moda llamar “apego” a toda necesidad de vincularse con otro ser humano, o el mero hecho de desear su presencia. El término es usado de manera peyorativa, devaluando el sentimiento. ¿Cómo puede alguien amar a otra persona sólo cuando está presente?


Como si los sentimientos pudieran “programarse” como se programa la alarma del celular. Cierto, la voluntad es una facultad humana superior y a través de la voluntad regulamos al sentimiento, al impulso. A través del ejercicio de la voluntad y la reflexión evitamos que los sentimientos se desborden en acciones que no sean convenientes para nuestro bienestar, pero eso no significa que el sentimiento desaparezca. El alma no tiene “reset”, el alma guarda todo.


Lo peligroso de estos dogmas promovidos por muchos gurús de la “superación personal” es que se apuesta por la reducción de funciones cognitivas en el ser humano: si sólo respondemos a los objetos presentes (sólo amamos a la persona cuando está con nosotros) nuestras capacidades cognitivas superiores como el valor, el altruismo, la esperanza, la fe, la empatía, disminuirán progresivamente de generación en generación. Este es mi planteamiento y necesariamente lo desarrollaré en artículos posteriores.

El conocimiento interior nos lleva a unirnos, a fortalecernos en los vínculos humanos, porque solamente los tendremos cuando realmente los deseemos y no, como una manera de escapar de nosotros mismos, de no estar solos. Entonces sí, seremos autosuficientes pero interdependientes. Autosuficientes porque no necesitamos a nadie para sobrevivir, pero interdependientes, porque al vincularnos, enriquecemos nuestra vida y la de los otros. 

Y ni decir de los mensajes de amor:

En esa etapa en la que la aproximación se asemeja a una danza de la naturaleza, al trayecto de un cardumen, a un jardín de luciérnagas después de la lluvia (cuando ni siquiera sabemos si ES o si se convertirá en amor lo que sentimos)  en ese momento, es necesario aprender a apaciguarse, aprender a saborear la espera, entender que el aplazamiento aumenta el placer del encuentro.. pero no sabemos esperar; envueltos en la vorágine de la inmediatez queremos experimentar la mayor cantidad de estímulos, sin darnos cuenta de que, si no paramos, llegará el momento de no apreciar nada o de distorsionar la sensación, como quien prueba sobre su piel, varias fragancias en una tienda. Hay cosas que se aprecian mejor a través de la distancia y del tiempo, démosles la oportunidad de reposar, de asentarse, de expresarse con voz propia.

​A veces el reto es aprender a aquietar la mente: no suponer, no juzgar, no adelantarse, no dar por hecho. Y lo más evidente pero que a todos se nos olvida: ante la duda, PREGUNTA.

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BREVE REFLEXIÓN SOBRE EL SILENCIO Y EL AMOR

ENTREVISTA

Por Silvia Castillo Romero